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12 nov 2014

UN FINAL PARA "ANACONDA" DE HORACIO QUIROGA


Los alumnos de 2º de ESO inventaron un final para el cuento "Anaconda". Aquí están algunos. ¿Qué te parecen?

 
LA IDEA

      Cruzada me contó que uno de nuestros mayores peligros, el hombre, quería deshacerse de todos nuestros árboles para construir una gran fábrica. Me di cuenta de la gravedad de la situación y decidí elaborar un plan para intentar evitar este horrible desastre.

    Consistía en rodear la zona ocupada por los humanos e intentar quitar los utensilios necesarios para llevar a cabo su labor o estropear máquinas para hacerles más difícil el trabajo. A mí me parecía un plan bastante bueno y además nos haría ganar tiempo para poder pensar una estrategia más eficiente, pero Cruzada solo veía cosas malas en lo que yo veía una excelente idea. Ella solo pensaba que nos podrían matar si nos vieran y cosas semejantes, pero yo todavía tenía la esperanza de que, con una buena coordinación y trabajo en equipo, podríamos salir adelante en este grave problema.

     Al final, convencí a Cruzada para ir al Congreso y dar a conocer mi plan. Cuando llegamos, todos estaban muy nerviosos e inquietos, pero al explicarles mi idea se tranquilizaron porque pensaron que funcionaría.

                                              L.R.G. - 2º ESO


25 abr 2013

AGUA Y NIEVE


Elvira dejaba caer sus pensamientos como las gotas de lluvia sigilosas que acariciaban el cristal de su ventana, vaticinando además la llegada de un invierno frío, oscuro, solitario, olvidado por todos. Mientras, su abuelo contemplaba este paisaje expectante, intentando arañar de manera discreta alguna de estas gotas logrando el objetivo de desgarrar la mente de aquella jovencita apesumbrada.

Pilar, su madre, estaba en la cocina abriendo a hurtadillas un sobre nada esperanzador, pues su cara cambió de tono al leer el contenido de la carta, diagnóstico que Elvira pronosticó hace tiempo, porque mamá era tan predecible… Sus nervios, el café a todas horas, los desvelos. Su mirada ausente en aquellos días era signo de algo importante, temido, pero inevitable, como la llegada del invierno, de la cual, las dos eran conscientes.

Gastón, el pequeño de la familia, jugaba con los soldaditos, los coches y las construcciones, despreocupado y feliz, rebosando alegría e inocencia. Ignorando todo aquello, Elvira alzó la voz fuertemente y se dirigió a su hermano:  “¡Gastón, para ya!”

El pobre Gastón se asustó. Veloz, recogió sus juguetes en el cestito de mimbre y su sombra se perdió por la casa.

El abuelo, muy asombrado por la reacción de la chiquilla, pues no solía comportarse así nunca, le preguntó: “Elvira, ¿qué te pasa?”

La muchacha ni siquiera levantó la mirada para dirigirse a su abuelo angustiado. Sus ojos, que algún día fueron brillo, ahora estaban atrapados por unas inmensas ojeras. Su blanca tez se confundía fácilmente con la pared donde se encontraba apoyado su cuerpo frágil, cansado, derrotado. “El invierno iba a empezar pronto”, pensaba Elvira, sin poder evitar regar el suelo con sus lágrimas al igual que la lluvia regaba la verde pradera.

- Abuelo, ¿quieres que te cuente un secreto? – dijo Elvira con la voz entrecortada y secándose las lágrimas–. Está llegando el invierno, blanco, hermoso, eterno. Con su fría nieve, con su cálida Navidad y su chocolate caliente. Es tan bonito… Pero nadie sabe que llega, sólo mamá y yo. Mamá sabe aprovecharlo y lo cuida. Se va con él, a disfrutarlo, a vivirlo, a sentirlo.

Se oye un fuerte ruido en la cocina. Las gotas de agua ya son nieve. Mamá no tiene pulso. El invierno ya llegó.       
                          
Carmela T. C. D. 2º ESO

3 mar 2013

SARA

Sara tomó la carta del escritorio como si su mero contacto le abrasara por dentro. En ella solo se leían dos palabras “Te queremos” y eran las únicas palabras que le quedaban de su familia quienes habían muerto por protegerla.

Aunque no lo parezca, Sara es descendiente del gran mago Merlín. Puede parecer una ventaja pero no lo es. No cuando tienes detrás de ti a un mago psicópata descendiente de Morgana que mató a toda tu familia. Además no es muy tranquilizador saber que dentro de unos días ese loco se hará con el control del mundo, a no ser que ella lo detenga, y para ello solo cuenta con la ayuda de unos cuantos magos, su amigo Jack el dragón y un perro que se asusta hasta de su sombra. Y Sobín el malvado contaba con la ayuda de todo un ejército de inmortales.

Habían pasado algunos días y estaban a punto de salir a la batalla. Jack le pidió a Sara si podían hablar un momento y, una vez solos, él dijo:

- Todo saldrá bien. Solo tienes que pronunciar el hechizo que lo vaporizaría para siempre de la faz de la tierra y ya está.

Sara sonrió y, acto seguido, salió a combatir.

Llevaban horas luchando, estaban cansados, desesperados y la muerte se palpaba en el ambiente. Sara no aguantó más: dio un paso al frente, respiró hondo y, con lentitud, pronunció el hechizo hacia Sobín, quien fue alcanzado por el golpe, aunque debería haberlo parado. Pero eso ya no importaba, Sobín estaba ahora tumbado en el suelo y Sara, por primera vez en mucho tiempo, podía respirar tranquila.

Guadalupe Gallego Martínez. 2º de ESO B.

14 feb 2013

LAS HIJAS DE LA LLUVIA

   Hace muchos años que mi amiga Sonia me había hablado de la historia del desfiladero. Siempre quise saber qué pasaba si realizaba el conjuro mágico como ella me había indicado: bajo una farola a la luz de la luna, preferiblemente en una noche de lluvia o con luna llena.
 
    Hoy justamente era una noche de lluvia, metí mis cosas más importantes en una caja, me dirigí a la farola que había debajo de mi casa. Me senté en el suelo, las gotas de lluvia resbalaban por mi cara. Pronuncié las palabras mágicas, pero no sucedió nada. Dispuesta a abandonar lo intenté de nuevo y la caja que Sonia me había dicho que llevara, ahora era un espejo. Me miré en él, mas no me vi a mí misma. En el espejo pude ver a un hombre que me dijo:

    -Sigue el camino que te indico.

    Yo, muy asustada, me levanté y seguí al espejo que levitaba por la ciudad hasta que llegó al campo y me dijo:

     -Este es el desfiladero, aquí vive la hija de la lluvia.

    Enseguida me asusté. Habia oído hablar varias veces sobre esa leyenda, pero yo no me la había creído nunca. Hasta ahora... De repente, una chica de mi edad, vestida de negro y cabizbaja, salió del desfiladero. ¡Era Sonia! Me agarró bruscamente de la muñeca y me susurró al oído:

      -Yo te he traído hasta aquí y veo que me has hecho caso. Ahora eres una más de mi grupo.

     Así fue cómo me convertí en la segunda hija de la lluvia. Por eso ahora la leyenda que tú probablemente conozcas, se llama así. Porque ahora somos dos las que salimos todas las noches de lluvia o luna llena y cada noche nos llevamos a una chica más a nuestro grupo.

Valentina S. F.
2º de ESO

EL ARTE DE ESCRIBIR


         Es su momento, necesita escribir algo, lo siente, pero no sabe qué hacer. Luego llega la inspiración para juntarse al dilema, pero ésta, decidida a ayudar, se mete en la caja de sus sentimientos, todavía bellamente dormidos como angelitos, para que empiecen a andar por ese largo, larguísimo sendero al que llamamos vida. Junto a ellos sus inquietudes, amores, miedos, sueños, metas… quería acción, sorpresas, novedades…
         Ella es de estatura media, tirando a bajita, no muy guapa (eso piensa ella), con esos ojos color miel de su madre, grandes y penetrantes, que con sólo una mirada pueden decirte más que con muchas palabras. Y el pelo de su padre, negro como el carbón y largo como una cascada, a su gusto ¡cómo no!

          Sana, tozuda, educada, inteligente, risueña, deportista, buena estudiante, muy observadora, tajante, divertida pero a la vez seria, demasiado competitiva, algo egoísta y muy, muy sabionda. Buena por las buenas y mala por las malas, nunca se deja pisar por nadie, pero no pisa para conseguir lo que quiere. En acuerdo con la filosofía: vive y deja vivir. Agradable a la vista y al corazón de algunos, tiene muy bien amueblada la cabeza. Nunca se le escapa nada, siempre atenta, muy protectora con los suyos y también muchas veces absorta en su mundo.
 
         Sus amigos… ¿qué puede decir? Le han proporcionado tantos momentos mágicos que le están enseñando a ver la vida desde otro punto de vista, más libre, más divertido, según ella. No se los merece, cada día aprende algo de ellos. Sus enemigos, bastantes, pero también les debe algo muy importante: el carácter fuerte e indestructible. Su familia es el pilar que la sostiene, de ella saca el apoyo y la fuerza para seguir adelante por este sendero. Al fin y al cabo, esta pequeña loca es lo que es gracias a la colaboración de personas maravillosas.

          Ella, con sus manías, debilidades y sus fuertes ganas de sentir, sabe que todo lo que está viviendo es demasiado normal, como los adultos, que ya se vuelven aburridos por ser lo que son, totalmente lógicos, racionales y sin sorpresas. Ellos mismos lo saben pero no quieren revelárselo al mundo sólo para no romper la total monotonía que acarrean, ¿curioso, verdad?
 
         Esto es lo que ella aborrece y odia por completo: la rutina, la normalidad a la que está sometida, sin arco iris que profetice calma ni tormenta con malos presagios en sus gotas oscuras. Por eso quiere vivir grandes experiencias, porque siente que envejecería y no habría marcha atrás, que metería la mano en el bolsillo de sus recuerdos y ¿qué encontraría? Sólo unas finas fotos para enmarcar, sin alma.
 
      Pero, ¿quién será la protagonista de esta historia?, ¿una persona que tanto conozco y a la vez desconozco? Pues yo, sin más, simplemente yo. Pensé que las personas con las que he pasado tantos años se merecían algo más sobre mí con palabras, risas, gestos o expresiones. Como ya sabéis me gustan muchas cosas pero la que más me gusta hacer, porque siento que es especial y con ella demuestro cosas que no se pueden demostrar en la simpleza es escribir en los simples folios blancos  porque, cuando escribes en ellos, dejan de ser blancos y aburridos, te sientes libre y tus pensamientos se pueden transformar en historias para leer, exámenes para corregir, claves para descifrar o textos, simplemente textos para disfrutar y aprender algo más sobre la persona que los escribe.


                                       Carmela T. C.D.
 2º E.S.O.

17 dic 2012

NO SIN TI, TODO CONTIGO


Y ahí estaba yo, hace diez años, decidida a irme como fuese a Brasil. A mí nadie me separaba de mi amiga Rosi. Nadie pudo separarnos cuando, a los 12 años, nuestros padres quisieron llevarnos a cada una a un instituto diferente. Yo convencí a mi padre para que me dejase ir al mismo que ella. Me costó mucho. Tardé días, casi una semana, en convencerle. Tampoco pudieron decirme que no a ir con ella a la academia de inglés. Yo nunca había necesitado una pero, cuando ella se apuntó a aquella que estaba al lado de su casa, yo decidí que iría como fuese. Si de verdad me hubiese interesado aprender inglés me habría apuntado a la que estaba al lado de mi casa, por ejemplo. Sin embargo, convencí a mis padres para ir a la otra esquina de la cuidad cada tarde, sólo porque yo quería estar con Rosi.


Lo mismo pasó cuando se apuntó a la Escuela Oficial de Idiomas para aprender francés. A mí nunca llegó a gustarme el francés, ni siquiera a interesarme. Siempre, siempre íbamos juntas a todos los sitios. Cuando me dijo que se iba a Brasil porque tenía familia y porque quería estudiar allí, me puse como una loca. ¿Qué iba a hacer yo entonces? Iría sola a todos los sitios.

El hecho de que se fuera a Brasil no fue lo único que me hizo ponerme así. Ella me lo dijo con mucha tranquilidad, como si le diese igual. Eso me irritó muchísimo. Entonces pensé en que todos esos años que habíamos pasado juntas, ella simplemente me había utilizado, que en realidad no le interesaba nada. Se lo dije. Me dijo que para nada, que le encantaba estar conmigo. Me fui a casa.

Cuando entré por la puerta, anuncié, con mucha tranquilidad, como quien dice que va a comprar el pan, que me iba a Brasil. Mi madre abrió involuntariamente la boca y mi padre soltó una risita ahogada. Pocos segundos después advirtieron que lo decía en serio. Los dos me echaron un sermón interminable sobre cantidad de cosas que yo ni siquiera escuché. Estaba empeñada en irme como fuese a Brasil y sabía perfectamente que eso jamás me lo dejarían hacer. Dije que lo había entendido todo y me fui a mi habitación. Comencé a hacer planes mentales sobre lo que me llevaría y lo que no. El viernes tenía que estar todo preparado.

Pasé los siguientes dos días medio en trance. Pasaba el tiempo pensando en lo que tendría que llevarme para un viaje de tales dimensiones. No había vuelto a mencionar nada a mis padres, por lo tanto pensaban que el capricho ya había desaparecido de mi cabeza. Rosi me había dicho que se iba en el tren de las doce de la noche hasta Madrid, donde cogería el avión a Brasil.

El viernes cené como en un día normal. Fui al salón y vi la tele junto a los demás y después hice como que me iba a dormir, pero en realidad fui a mi habitación a darle los últimos retoques a la maleta, ya preparada, que tenía escondida en el armario. Ya estaba casi todo dentro: la ropa, algo de comida y tres pares de zapatos. Sólo me faltaba el cepillo de dientes, que siempre dejaba para el final como había aprendido de mi madre en viajes anteriores. El cepillo de dientes siempre es lo último que guardas porque siempre tienes que usarlo en el último momento. Guardé el cepillo de dientes en la maleta y la cerré.

No solo hice la maleta y salí de casa. Tal vez alguien pensó que en el último momento miraría atrás, vería mi casa y me daría demasiada pena irme. Pero no. Yo ni siquiera miré atrás. Las magnitudes de mi capricho eran tan grandes que a las doce en punto de la noche estaba plantada en la estación de tren esperando a Rosi. La ví venir. pensé que le sorprendería mucho verme, porque a ella tampoco la había dicho nada. Sin embargo, cuando me vió, simplemente me saludó y las dos nos dirigimos juntas al tren.

Hoy en día comprendo por qué verme allí no le sorprendió. Sabía perfectamente que aquello ocurriría; me conocía demasiado bien. Cuando ya íbamos a entrar por la puerta del tren, me sujetó y dijo:

- Tal vez creas que esto te lo digo porque no me importas, pero es todo lo contrario; me importas tanto que quiero lo mejor para ti y para eso tengo que alejarme de ti. No podemos seguir juntas toda la vida. Este momento llegaría tarde o temprano. Cada una debe hacer su propia vida, por separado, no a la vez. Yo lo comprendí hace unos cuantos meses y decidí que esto sería lo mejor para las dos. Esto no quiere decir que no podamos seguir siendo amigas. De hecho yo estaría encantada de seguir siéndolo. ¿Lo entiendes?

Yo asentí, aunque apenas había sido capaz de asimilar la cuarta parte. Hicimos nuestro juramento de amigas para siempre y el tren se alejó dejándome allí, reflexionando sobre las bonitas palabras de Rosi.
Julia de D. A.
2º ESO

11 nov 2012

EL MISTERIO


Eran tres amigos que vivían en un pueblo pequeño. En ese pueblo empezaron a ocurrir cosas muy raras en la casa de un señor que vivía solo y se había muerto, por lo que quedó la casa abandonada.

Un día los tres amigos decidieron averiguar lo que pasaba en aquella casa, porque cada día desaparecían las cosas, se oían ruidos, y algunas cosas se movían de su sitio, la puerta aparecía abierta y hasta algunas veces se veían luces. Se pusieron de acuerdo en que cada noche vigilaría la casa uno de ellos. Al que le tocó quedarse a vigilar la primera noche al principio pasó mucho miedo y no vio nada; luego se quedó dormido y, cuando se despertó, se había hecho de día. Entonces sus amigos se enfadaron con él y pensaron en cambiar de táctica. Decidieron poner una cámara oculta u así nadie tendría que pasar allí la noche.

Cuando al día siguiente fueron a coger la cámara y la pusieron en su ordenador, vieron que el que hacía desaparecer y mover las cosas, hacía ruidos y encendía luces no era un fantasma, si no que era un pobre.

Entonces decidieron no perjudicarlo y le ayudaron. Se hicieron sus amigos y muchas veces entre ellos se gastaban bromas llamándole a su nuevo amigo ''el Fantasma''.


Kirti Gloria C.I.
2º ESO

                                                                                

20 oct 2012

AHÍ ESTÁ

Ahí está. Un domingo a las ocho menos cinco de la tarde. Intentando definirse y sin saber cómo empezar. Y eso que siempre ha pensado que tenía claro quién era. Una chica normal, de tan solo dieciséis añitos y de corta estatura que anda siempre deprisa y mirando al cielo. De pelo largo, ondulado y de color marrón que cuando un rayo de sol le alumbra, adquiere un tono anaranjado. Aquella pequeña de ojos risueños y almendrados bajo pestañas negras y rizadas. Esa de mejillas sonrosadas que siempre está ahí, sonriente y alegre, por muchas dificultades que tenga que hacer frente. Por la noche, se acurruca en la cama a eso de las doce, cuando todo está oscuro y se pone a escuchar una melodía tocada con el piano. Intenta conciliar el sueño, aunque le cuesta conseguirlo. Y poco más hay que decir de esta chica. Es una mujercita sencilla, sin demasiadas complicaciones, o al menos eso aparenta.

Apenas ha salido de España  aunque tampoco le importa mucho. El único lugar que siempre ha querido visitar es Nueva Zelanda. No quiere ir ni a Nueva York ni a esas ciudades a las que va todo el mundo. Le gusta ser especial, única, distinta,... Le encanta el sonido de las olas y de la lluvia al caer. Le gusta el chocolate caliente y el café. Lo salado le agrada, pero lo dulce le pierde. Prefiere el frío al calor, pero también le gusta más el verano que el invierno. Es algo un poco ilógico pero es así, no todo tiene por qué tener un sentido totalmente racional. La fotografía es algo que le encanta. Su principal afición, si es que se le puede llamar así, es ver películas pastelosas, aunque, ella no es muy sentimental. Es sincera y directa; no se anda con rodeos. Suele reflexionar. Se para a pensar. Y nunca llega a una conclusión concreta. Intenta encontrar el por qué de las cosas, pero nunca lo encuentra. Así que ha dado por hecho que nada tiene un por qué y en su opinión eso es lo mejor de todo: nada tiene sentido. Y no tiene por qué tenerlo, es así porque sí y no hay que darle más vueltas. A esta chica nunca le ha gustado pensar mucho en los problemas que le pasan. Suceden, lo pasas mal y después se esfuman. Para ella nunca nada ha tenido tanta importancia como para pensar continuamente una vez ya sucedido.

 Y sí. De la chica que estoy hablando es de mí. Yo soy esa pequeña risueña. Y solo os voy a decir una última cosa sobre mí: igual no tengo muchos bienes materiales pero tengo unos amigos y una familia que no cambiaría por nada. Son lo mejor que tengo y es lo que me da fuerzas cada día. Nunca he creído que tengo la mejor vida del mundo, pero está claro que nadie tiene una vida perfecta. Estoy satisfecha con lo que he vivido y espero seguir así durante muchos años. Quiero que lo que me queda por vivir, sea al menos la mitad de bueno que he presenciado hasta ahora y las personas que aparezcan en el medio sean tan solo una milésima parte de lo perfectas que son todas las que están conmigo cada día.

Iris S. C. - 1º de Bach.

4 oct 2012

PESADILLA HECHA REALIDAD

                     Lunes, 27 de noviembre de 1993.

Llueve. Demasiado para mi gusto. Lleva así unos días y no creo que vaya a parar. Ahora mismo estoy contemplando las gotas de lluvia, a ver si me entretengo algo. Aunque sólo sea un poco. Es mucho mejor que hacer los deberes que nos mandan los profesores día tras día, mucho mejor que estudiar para los exámenes.

           Nada es nuevo, todo es lo mismo. Lo peor de todo esto es que creo que me estoy acostumbrando. Londres siempre es igual, oscuro, húmedo e incluso un poco siniestro. La verdad es que casi nunca sale el sol. Creo que por eso me gusta tanto.

           Voy a dejar de escribir, tengo que ir a cenar. Ya veremos cómo me lo paso mañana.

           Jueves, 30 de noviembre de 1993.

           Estos días anteriores me ha pasado algo muy raro. Como de costumbre, tengo poco tiempo para contarlo por culpa de los malditos deberes. Intentaré escribir lo que me ha pasado, más que nada para que no se me olvide, aunque estoy segura de que esto lo recordaré siempre.

           El caso es que hace unos días…

           Ahí estaba yo, en mi habitación, haciendo los deberes (¡que novedad!). Se me acabó la tinta del bolígrafo y, cuando me levanté por otro, noté algo raro en el ambiente. No puedo explicar qué fue, porque no tengo palabras para ello; si no, lo haría.

           De repente, mi espejo se rompió en mil pedazos y mi cuarto se llenó de cristales. Al principio pensé que fue mi vecino de arriba, siempre cantando ópera, quien había causado los daños, pero luego me di cuenta de que era una tontería y me centré en el espejo rojo.

           Fui a contárselo a mi madre pero no estaba en casa. Eso me dejó sorprendida, ya que no me había dejado la nota que suele dejar sobre la mesa, explicando dónde ha ido y cuándo regresará. La llamé una y otra vez, y nada. Tardé un poco en darme cuenta de que me había quedado sin voz, de que a mi alrededor no se oía nada, ni un solo ruido. En esos momentos me acordé de la película de cine mudo que había visto un fin de semana atrás, con mis amigas. Había durado dos horas, pero fue muy divertida.

           Saqué el reloj de mi bolsillo y le eché una ojeada para ver la hora. Había algo extraño, pero no sabía el qué. Cuando me di cuenta, me quedé de piedra. El reloj iba hacia atrás. Era digital, por lo que los minutos y los segundos continuaban, pero hacia atrás. No lo sé explicar bien porque nunca lo he visto antes. No lo consideré una buena señal.

           Salí a la calle y corrí, corrí hacia ninguna parte para huir de aquel mundo que no era el mío. Seguramente aquello fue lo más estúpido que he hecho en toda mi vida, pero estoy segura de que la mayoría de la gente habría hecho lo mismo.

           A medio camino, encontré una casita de cristal, muy pequeña. Tenía dos ventanas pero no había puerta. En una ventana había oscuridad, estaba todo negro y, si te acercabas mucho, sentías frío. Por la otra me vi a mí misma en mi habitación con mi madre. Esperé un rato y observé que salía de casa e iba con mis amigas a dar un paseo. De pronto, esa “yo” extraña se dio la vuelta y me hizo un gesto de burla. No me lo pude creer. Aquella “cosa” se estaba haciendo pasar por mí, me estaba robando la vida.

           Continué corriendo, esperando llegar a algún sitio, aunque todo era como un gran laberinto. Al final llegué a una ciudad llena de personas que parecían más fantasmas que humanos. Tenían la piel muy blanca, caminaban sin rumbo fijo e iban de puerta en puerta pidiendo ayuda. En la muñeca llevaban una pulsera azul y blanca, hecha con hilos de lana. Allí tampoco se oía nada.

           Me acerqué a una chica más o menos de mi edad y le pregunté qué estaba pasando y por qué todos pedían ayuda, si nadie podía escucharlos. Me escribió en el brazo que “algo” les había arrastrado hasta ahí y les había sustituido en el mundo. Leí con atención y poco después ya estaba yo corriendo otra vez para averiguar si había algún modo de escapar.

           Miré el reloj, vi que mi tiempo se acababa. Apareció un agujero en el suelo, no me dio tiempo a frenar y…como era de esperar, me caí. Todo fue muy rápido.

           Poco después me desperté, con un dolor de cabeza tremendo, pero aliviada de que todo hubiera sido un sueño. Mejor dicho una pesadilla. Por eso me quedé helada cuando vi en mi muñeca la extraña pulsera que llevaban aquellas personas. He intentado quitármela pero no hay manera. No sé qué pensar de todo esto.

          Al parecer mi madre tampoco supo qué pensar cuando se lo conté. Lo único que hizo fue llevarme al psicólogo a ver qué me pasaba. Él le dijo a mi madre que “puede ser que estudie demasiado”. Ella se lo creyó y yo ahora estoy viendo la tele. Dejaré que piense eso, por ahora. Tal vez mi pesadilla no haya sido tan mala, después de todo.

Noelia M. G.
2º ESO

16 jun 2012

SOLEDAD

Introduje la mano en el bolsillo izquierdo de mi pantalón y acaricié la pequeña caja. Era una caja normal y corriente. La volví a meter en el bolsillo y entré en la librería. Compré un libro y me fue a casa.

Cuando llegué, entré, me quité la ropa y me puse el pijama. Sostenía la pequeña caja en mi mano y la tiré al fuego. Soledad me lo pidió.

Mientras veía cómo se quemaba la caja, sonó el teléfono. Colgué. Soledad me lo pidió. Me dispuse a leer un libro. Decidí releer mi libro favorito: El Príncipe de la Niebla. Me lo había leído cien veces, o más.

Leer libros es mi pasión. La verdad es que son mis únicos amigos, aunque mi mejor amiga se llama Soledad. Tiene mucho carácter y se enfada cuando salgo a la calle aunque solo sea para comprar leña, libros o incluso comida. Soledad dice que si hablo con alguien ella se tendrá que ir muy lejos, tan lejos que no la volveré a ver más. Si los libros me hablasen, Soledad ya se hubiese ido hace mucho tiempo. Pero yo no quiero que se vaya, por eso le hago caso.

En mi casa no tengo espejos. A Soledad no le gustan. Ella misma me dijo que quemase la caja. El otro día leí en un diccionario en la página doscientos noventa y tres, columna tres, fila ocho el nombre de mi mejor amiga, Soledad. Ella me prohibió leer la definición, porque no le gustó y seguidamente me mandó que quemara el diccionario.

A veces me pregunto si Soledad lo hace por mi bien o porque le fastidia que haga cosas sin contar con ella. Pero yo sé que para que no se enfade tengo que hacerle caso, pues si no se marchará. Yo vivo en "soledad" y con Soledad.

Vanesa G. M.
2º ESO

17 may 2012

EL NIÑO ESPEJO

     Un día normal como otro cualquiera Mario, un niño pobre, vagaba por las calles en busca de dinero y algo para comer. Sus padres le echaron de casa porque no podían mantenerle por más tiempo. Solía dormir detrás de un viejo castillo en una pequeña tabla de madera que encontró en el vertedero de Moscú, su ciudad natal. Desde pequeño quería ser como los demás, y siempre se fijaba en la forma de ser y la manera de vestir de todos porque pensaba que cuando se pusiera a trabajar iba a ser como los demás: se compraría la misma ropa, intentaría llevar el mismo estilo de vida y dejar de ser un sin techo formando una familia. A pesar de que se moría de hambre, todo lo que conseguía se lo daba a los demás pobres que convivían con el. Era un niño con un gran corazón.

    Todas las tardes iba de puerta en puerta pidiendo comida o dinero. Todos le daban algo, hasta que llegó a una casa de unos señores mayores que tenían fama de ser muy buenos con todo el mundo. Estos le dieron un saco con frutos secos: nueces, avellanas, pistachos y almendras. Esta comida la repartió entre todos sus compañeros hasta que se terminó, y él por ofrecérsela a los demás no probó nada. Volvió a aquella casa para pedir más. Mario les dio explicaciones de por qué regresó por más comida. Los abuelos le comprendieron y, sorprendidos, le ofrecieron que se quedara a cenar en su humilde casa, bajo un techo y con el calor de una estufa, lo mejor para aquellos días de invierno. Mario muy contento entró y se quedó a comer con esos pobres ancianos.

    Durante la comida le dijeron a Mario que era una gran persona por haber ofrecido toda la comida a los demás. Mario en ese momento se quedó mirando a través de la ventana a un precioso caballo blanco que brillaba por la luz de la luna llena pensando que él era la persona que siempre quiso ser. Aunque no vistiera igual que los demás, por dentro era como él siempre soñó. Era una persona con un gran corazón, que siempre pensaba y se preocupaba por los demás antes que en él mismo. Simplemente Mario veía reflejado en los demás cómo era él sin que se diera cuenta. Desde entonces creció como todos los demás niños. Asistió al colegio y fue adoptado por esos ancianos. 

Al cabo de unos años encontró trabajo y fue reconocido por todas las personas del pueblo gracias a su amabilidad y su gran corazón ya que todas las tardes iba a dar de comer a sus viejos amigos que vivían debajo del puente; tenían mantas y comida suficiente para todos.

Ana - 2ºA ESO

TULIPANES ROJOS

      Abrí la puerta y sobre la mesa volví a ver, como todas las tardes, aquellos tulipanes. No sé quien me los envía ni por qué. Lo único que sé es que desde hace casi un mes, cuando llego a casa, me encuentro un ramo de rojos tulipanes. Rojos como el sol del atardecer. El primer día era un ramo de treinta tulipanes, al día siguiente era de veintinueve y así sucesivamente. Hoy son cinco. Cada día que pasa me consume la intriga pensando en qué pasará cuando reciba el último tulipán. Miré el reloj. ¡Vaya! Se había estropeado.

    Salí a la calle y me dirigí a la relojería. El día era  oscuro y frío y el cielo estaba cubierto por un manto de nubes negras como el carbón. Llegué hasta la puerta de aquella tienda. Entré y le pregunté al relojero si podía enseñarme algún reloj de pared. Fue al almacén y me trajo unos cuantos. Había uno de madera antigua, cristal rosado y agujas de metal. Me encantó y me decidí a comprarlo. El relojero se sorprendió mucho y me dijo:

    - Este reloj tiene como complemento uno de pulsera. El reloj de pulsera es muy especial y encierra un gran secreto. Es diferente a los demás. Si sabes buscar su secreto y le pones empeño,  podrás controlar tu propio tiempo.

    Salí de aquella extraña empresa con la sensación de haber descubierto algo importante sin saber muy bien el qué. Me dirigí hacia el paseo marítimo. Me senté en un banco a contemplar el mar y después de un rato saqué mi nuevo reloj del bolsillo. Le di vueltas, apreté todos los botones pero no encontré nada especial.

    No podía dejar de mirar embelesada las olas que bramaban y rugían furiosas. Solo me quedaba un botón por apretar, un botón, y lo pulsé a la vez que pensaba cómo me gustaría poder para el tiempo para admirar las olas durante mucho más tiempo. Y ocurrió como por arte de magia. Todo a mí alrededor dejó de moverse. Los pájaros, los caminantes, las hojas levantadas por el viento, incluso las olas.

    Descubrí que ese era el gran secreto del reloj. Lo miré más detenidamente y encontré, en la parte de atrás un compartimento secreto con un dibujo de una bicicleta. Lo presioné y encontré dos botones: uno que ponía “atrás” y otro que ponía “adelante”. Me entraron ganas de adelantar el tiempo para saber qué pasaría cuando recibiera el último tulipán. Pero tuve paciencia.

    Pasaron los días y con ellos las entregas de los tulipanes. El último día, cuando llegué a casa, no había ninguna flor sobre la mesa. La casa parecía sin vida cuando faltaba aquella nota de color, de un color rojo fuego, que eran los tulipanes. 

    Decidí sentarme a esperar. Me preparé un chocolate caliente, me descalcé y me senté en mi sillón cerca del fuego. A través del cristalino cristal de la ventana se podía ver cómo la calle empezaba a teñirse de blanco con las primeras nieves del invierno. De repente, sonó el timbre. Tal fue mi sorpresa que derramé el chocolate al levantarme. Corrí hacia la puerta. Nada más moví la manilla de la puerta, la adrenalina empezó a correr por mis venas.

    Al otro lado pude distinguir la negra silueta de una señora recortada contra la nieve. Su cara me sonaba mucho, pero no terminaba de reconocerla. Un sudor frío recorría mi espalda y sentí congelar mi alma cuando un recuerdo llenó mi mente. ¡Era mi mejor amiga de la infancia! Pero no podía ser ella. Había muerto en un accidente de coche cuando teníamos 18 años. Su familia me culpaba porque yo iba al volante aquella noche. Y en ese momento supe que ella también. En sus manos sujetaba un único tulipán rojo, rojo sangre.

    Me di la vuelta y entré en casa para remediarlo. Cogí el reloj y deseé con todas mis fuerzas que el tiempo se parara.

    Abrí el compartimento secreto y di para atrás el tiempo. Esa noche no cogí el coche, fuimos caminando a casa. Y al día siguiente fui a verla y le regalé un enorme ramo de tulipanes rojos, de un rojo color amor.

Gala - 2º ESO

ESPERANZAS PERDIDAS


           Eran las cuatro y media de la tarde de un domingo dieciséis de abril de 2011 y yo tenía un partido de fútbol a las cinco. Tengo veinte años y estoy estudiando una ingeniería industrial pero necesito dinero por eso juego al futbol en el equipo de mi ciudad. No es gran cosa, compite en la segunda división “B” de España. Ahora mismo no está en muy buena situación económica, llevan sin pagarnos dos mensualidades; la mayoría de mis compañeros ya han denunciado al club ante la Federación, pero yo no quiero. Es el equipo de mi ciudad, el que llevo animando desde que soy niño y por el que estoy luchando para que se salve, por eso no me parece bien denunciarlo ahora porque conllevaría al descenso y posiblemente a la desaparición por falta de fondos y de financiación del club y es algo que me entristece mucho porque el equipo de mi ciudad forma parte de mi niñez, de mi madurez y ahora yo formo parte de él. Me siento dividido: entre lo que me beneficia económicamente y el equipo al que tanto he alentado y por el que tanto estoy sufriendo.

           Llegamos al estadio, vamos al vestuario, nos cambiamos y nos preparamos para disputar el encuentro contra la S. D. Ponferradina. Tenemos que hacerlo rápido porque la única luz que entra al vestuario es por una pequeña ventana que da a la calle desde la que se pueden oír los ánimos de nuestros incondicionales aficionados. Hoy en el partido se va a presentar un nuevo patrocinador. Es una empresa local que no nos podrá aportar mucho dinero, pero una mensualidad sí que nos podrán pagar. Tengo muchas ilusiones y esperanzas puestas en este equipo. Si el club llegara a desaparecer, yo tendría que decir adiós a mi oportunidad de seguir jugando a fútbol ya que no puedo abandonar mi ciudad debido a mis estudios. En el vestuario, tras la charla del entrenador y haber preparado la táctica, nos disponemos a saltar al terreno de juego. Nuestro entrenador es una persona serena y con buenos métodos en el sentido futbolístico. Es la persona que convenció al equipo para que siguiera jugando esta temporada y no abandonase al club.

           Empieza el partido. Me encanta recibir el calor de la afición. Sabe lo mal que lo estamos pasando, lo mal que está el club, pero ahí está, siempre animando y aplaudiendo nuestras jugadas. El árbitro pita el inicio. Nuestro juego no es gran cosa: pases por aquí, regates por allá y, de vez en cuando, algún acercamiento a la portería contraria. Pero, de repente, ¡GOL! El estadio enloquece. El patrocinador está muy contento con la inversión. El partido acaba con un resultado de “1 a 0” y con los tres puntos para nosotros. Otro partido termina, una nueva semana llena de adversidades y complicaciones para el club empieza. El club está entrando en una dinámica en la que no se ve un final claro, pero, poco a poco, estamos construyendo la historia de un gran equipo, un equipo humilde que, después de su paso modesto por todas las categorías del fútbol español, se encuentra en esta situación: la Cultural y Deportiva Leonesa. 

Pablo C. -  2º ESO 

¿ERES COMO CREES QUE ERES?


Me llamo Mikaila, Mikaila Mikelston. Os voy a contar mi historia, lo que me pasó con un espejo. Es sorprendente, intrigante poco habitual y misterioso.

Todo comenzó un día, un día cualquiera de colegio. El profesor nos estaba explicando cómo se producen reflejos con un espejo y nos mandó llevar a clase un espejo, un espejo que, como mucho, nos viéramos en él nuestros ojos; es decir, pequeñito.

Yo por la noche lo dejé todo preparado. Cuando me desperté por la mañana, me vestí y metí el espejo dentro del bolsillo del pantalón.

Cuando llegué a clase me tocó leer la teoría de los reflejos y realizar la práctica sobre ellos. “¡Qué suerte he tenido!”, dije sarcásticamente para mis adentros. Yo, dispuesta a comenzar, saqué el libro, lo abrí y, por mucho que hurgaba en mis bolsillos, no encontraba el espejo. No podía ser. Yo estaba segura de haberlo cogido. Por más que miraba y rebuscaba, no lo encontraba, hasta que miré encima de la mesa y allí estaba el “espejito”. No podía creerlo. Pero no estaba igual, tenía unas letras chinas escritas con tinta negra y verde. Me quedé sorprendida, en estado de “shock”.

La luz que entra por la ventana reflejó en el espejo y me cegó. En ese instante tuve como un sueño. Yo me encontraba muy nerviosa porque sabía que estaba en clase, pero no veía a nadie, ni a Mathius, el profesor, ni a ninguno de mis compañeros. De repente, cayó un espejo de la nada. Era grande, gigante y me veía en él, pero no como era yo, sino de mayor o más pequeña. Lo único que alcanzaba a ver mi vista eran espejos y más espejos. Estaba en un laberinto de espejos.

De repente, no sé por qué pero empecé a hablar en chino. Era muy raro. Me salían sin pensar palabras chinas y las entendía. De pronto recordé las letras escritas en el espejo que decían: “¿Te has encontrado a ti misma, o eres otra persona diferente?”. No podía creerlo. Pensando y reflexionando un rato sobre las palabras, llegué a la conclusión de que el espejo, o quien quiera que fuese, quería que me encontrara a mí misma, con mi edad reflejada en uno de los espejos de ese laberinto. Me armé de valor y fui buscando. No encontraba nada, solo a mí de mayor, cuando era pequeña, cómo sería si fuera un chico… No sabía cómo resolver este enigma y encima ya estaba algo cansada. Me senté en uno de los espejos que había en el suelo y estuve pensando que yo no era como las que había en los espejos. Yo era morena, con ojos azules, alegre, divertida, más bien baja, simpática, tenía mucha empatía, era solidaria… A medida que iba  describiéndome, iba viendo un pequeño circulito de nítida luz que poco a poco se iba haciendo más grande y podía ver mi clase, hasta que llegué a ver a mis compañeros. Todos me estaban mirando. Yo estaba medio llorando, muy triste, no sabía por qué.

Después de todo esto, cuando llegué a mi casa estuve pensando en lo que me había ocurrido en clase y me acordé de que ese espejito me lo había dado mi abuela y ella muchas veces me decía: ”Siempre sé tú misma, nunca seas la persona que te hagan ser los demás”. Además, cuando me lo dio me dijo: ”Esto es para que te mires en él y veas a Mikaila Mikelston y no a Mikaila II”. Entonces comprendí que mi abuela ya había llegado a un punto en el que no me veía a mí, sino a otra Mikaila diferente a la que ella conoció cuando vivía en Pekín.

Sophía - 2º ESO

PESADILLA HECHA REALIDAD


                     Lunes, 27 de noviembre de 1993.

Llueve. Demasiado para mi gusto. Lleva así unos días y no creo que vaya a parar. Ahora mismo estoy contemplando las gotas de lluvia, a ver si me entretengo algo. Aunque sólo sea un poco. Es mucho mejor que hacer los deberes que nos mandan los profesores día tras día, mucho mejor que estudiar para los exámenes.

    Nada es nuevo, todo es lo mismo. Lo peor de todo esto es que creo que me estoy acostumbrando. Londres siempre es igual, oscuro, húmedo e incluso un poco siniestro. La verdad es que casi nunca sale el sol. Creo que por eso me gusta tanto.

    Voy a dejar de escribir, tengo que ir a cenar. Ya veremos cómo me lo paso mañana.

    Jueves, 30 de noviembre de 1993.

    Estos días anteriores me ha pasado algo muy raro. Como de costumbre, tengo poco tiempo para contarlo, por culpa de los malditos deberes. Intentaré escribir lo que me ha pasado, más que nada para que no se me olvide, aunque estoy segura de que esto lo recordaré siempre.

    El caso es que hace unos días…

    Ahí estaba yo, en mi habitación, haciendo los deberes (¡que novedad!). Se me acabó la tinta del bolígrafo y, cuando me levanté por otro, noté algo raro en el ambiente. No puedo explicar qué fue, porque no tengo palabras para ello; si no, lo haría.

    De repente, mi espejo se rompió en mil pedazos y mi cuarto se llenó de cristales. Al principio pensé que fue mi vecino de arriba, siempre cantando ópera, quien había causado los daños, pero luego me di cuenta de que era una tontería y me centré en el espejo rojo.

    Fui a contárselo a mi madre pero no estaba en casa. Eso me dejó sorprendida, ya que no me había dejado la nota que suele dejar sobre la mesa, explicando dónde ha ido y cuándo regresará. La llamé una y otra vez, y nada. Tardé un poco en darme cuenta de que me había quedado sin voz, de que a mi alrededor no se oía nada, ni un solo ruido. En esos momentos me acordé de la película de cine mudo que había visto un fin de semana atrás, con mis amigas. Había durado dos horas, pero fue muy divertida.

    Saqué el reloj de mi bolsillo y le eché una ojeada para ver la hora. Había algo extraño, pero no sabía el qué. Cuando me di cuenta, me quedé de piedra. El reloj iba hacia atrás. Era digital, por lo que los minutos y los segundos continuaban, pero hacia atrás. No lo sé explicar bien porque nunca lo he visto antes. No lo consideré una buena señal.

    Salí a la calle y corrí, corrí hacia ninguna parte para huir de aquel mundo que no era el mío. Seguramente aquello fue lo más estúpido que he hecho en toda mi vida, pero estoy segura de que la mayoría de la gente habría hecho lo mismo.

    A medio camino, encontré una casita de cristal, muy pequeña. Tenía dos ventanas pero no había puerta. En una ventana había oscuridad, estaba todo negro y, si te acercabas mucho, sentías frío. Por la otra me vi a mí misma en mi habitación con mi madre. Esperé un rato y observé que salía de casa e iba con mis amigas a dar un paseo. De pronto, esa “yo” extraña se dio la vuelta y me hizo un gesto de burla. No me lo pude creer. Aquella “cosa” se estaba haciendo pasar por mí, me estaba robando la vida.

    Continué corriendo, esperando llegar a algún sitio, aunque todo era como un gran laberinto. Al final llegué a una ciudad llena de personas que parecían más fantasmas que humanos. Tenían la piel muy blanca, caminaban sin rumbo fijo e iban de puerta en puerta pidiendo ayuda. En la muñeca llevaban una pulsera azul y blanca, hecha con hilos de lana. Allí tampoco se oía nada.

    Me acerqué a una chica más o menos de mi edad y le pregunté qué estaba pasando y por qué todos pedían ayuda, si nadie podía escucharlos. Me escribió en el brazo que “algo” les había arrastrado hasta ahí y les había sustituido en el mundo. Leí con atención y poco después ya estaba yo corriendo otra vez para averiguar si había algún modo de escapar.

    Miré el reloj, vi que mi tiempo se acababa. Apareció un agujero en el suelo, no me dio tiempo a frenar y…como era de esperar, me caí. Todo fue muy rápido.

    Poco después me desperté, con un dolor de cabeza tremendo, pero aliviada de que todo hubiera sido un sueño. Mejor dicho una pesadilla. Por eso me quedé helada cuando vi en mi muñeca la extraña pulsera que llevaban aquellas personas. He intentado quitármela pero no hay manera. No sé qué pensar de todo esto.

              Al parecer mi madre tampoco supo qué pensar cuando se lo conté. Lo único que hizo fue llevarme al psicólogo a ver qué me pasaba. Él le dijo a mi madre que “puede ser que estudie demasiado”. Ella se lo creyó y yo ahora estoy viendo la tele. Dejaré que piense eso, por ahora. Tal vez mi pesadilla no haya sido tan mala, después de todo.

Noelia 2º B

7 abr 2012

AMISTAD (Fuerza inseparable)

 
-Cuídate, la pintora puede dar contigo, dispone de una lupa increíble- me dijo mientras me abrazaba.
Yo no sabía lo que significaba. Me subí al coche pensativo y me puse el cinturón. El vehículo se puso en marcha y comenzamos a alejarnos lentamente de la casa. Una casa que había sido mi hogar durante doce años interminables. Cuarenta y dos mil ochenta días de alegría, misterio, tristeza... Todo tipo de emociones.
Soy Marcos, un niño huérfano que fue dado en adopción a los cinco años. Mis padres murieron en un accidente de tráfico y mis tíos estaban demasiado ocupados para cuidarme. Hoy cumplo dieciocho años y la ley indica que soy libre. Ya no tengo que cumplir las órdenes de las monjas del orfanato. Pero eso sí, echaré de menos a mis amigos y a los profesores de la escuela.
De momento no sé a qué me voy a dedicar, pero antes de esto debo descubrir qué significa la frase con la que Laura (mi mejor amiga del orfanato) se depidió de mí.
Decidí comprar un cuadro para adornar mi nueva casa. Cuando entré por la puerta de la tienda sentí que algo me observaba. No le di importancia, pues tenía mucha prisa y no me podía detener. En la tienda no había ningún cuadro que me interesase, así que decidí pintar uno yo solo.
Ahí estaba yo, delante de un lienzo en blanco, con un pincel sin estrenar en la mano y una gorra de pintor que se supone me iba a inspirar. Todo se quedó en silencio. Me concentré y empecé a dibujar. Entonces me di cuenta de que en la parte trasera del lienzo había una lupa pegada con celo. La cogí y miré a través de ella. Me asusté, ya que vi a Laura que me saludaba desde el otro lado de la lupa. En ese instante comencé a comprender aquella frase, pues los amigos de verdad siempre están unidos por una fuerza inseparable que ni la distancia ni la edad podrá vencer.    
Claudia del Castillo
2º ESO 

29 mar 2012

LA LUPA DE LA FELICIDAD

Saqué la mano del bolsillo izquierdo de mi pantalón y acaricié la pequeña caja, aquella donde guardaba los recuerdos de mamá. La abrí y encontré la carta que ella me había escrito hace ya cuatro años, aunque yo no le había dado la menor importancia hasta hace escasamente un mes: “Cuídate, la pintora puede dar contigo, posee una lupa muy especial”. A menudo, mi madre y yo jugábamos a crear un ámbito de intriga, misterio, diversión... pero sólo "jugábamos”.

Pero ahora todo ha cambiado. Una mañana fría de otoño, mamá se fue. Desde entonces papá no va a trabajar, me rehúye y se refugia en sus pensamientos. Se sienta en un banco en el parque y permanece con la mirada perdida. Estoy preocupado por él, aunque solo tengo trece años.

Hace días que mi única compañía son las muchas cartas de mamá. Después de leerlas y releerlas una y otra vez me di cuenta de que su letra disminuía de tamaño. Cogí la lupa de mamá, la de investigadora, y miré cuidadosamente sobre su lente. De pronto, me trasladé a un mundo nuevo en el que yo guiaba y dominaba mi propia persona sin dejarme llevar por los demás.

Ante tal descubrimiento, volví a mirar y me transporté al pueblo. Viví grandes y maravillosos momentos de mi infancia que no había sabido aprovechar con mamá. Con esta aventura aprendí que no valoras lo que tienes a la mano hasta que lo pierdes.
 
No podía dejar de hacerlo, mirar por la lupa se convirtió en mi compañero infatigable, de esta manera podía ser quien yo quería ser. La última vez que miré por ella, me situé en el parque, pero lo que yo observaba no era bonito; vi a mi padre sólo, llorando. Lo único que se me ocurrió entonces fue recurrir a mamá y entonces me convertí en un hombre enmascarado. Me acerqué a papá con sigilo, pero para mi sorpresa él dijo:

- Hijo... ¿pero tú que haces aquí?

- Papá ¿cómo sabes quién soy si voy disfrazado?
 
-  Lo sé porque cuando te veo, soy más feliz, tú eres la lupa de mi felicidad.

Estaba asustado, había algo especial entre papá  y yo. Cuando me quise dar cuenta, estaba atrapado por la lupa, la misma que se había convertido en mi jaula. De pronto sentí que me derrumbaba y, cuando una lágrima resbalaba por mi mejilla, papá levantó la cabeza  y dijo:
 
- Luis, sé que últimamente he estado muy raro, pero desde ahora voy a hacerte feliz, seré la lupa por la que siempre podrás mirar.            
                                       
En ese emotivo momento no pudimos evitar abrazarnos y sentí cómo latían nuestros cercanos corazones. Así fue como papá se despojó de su disfraz de hombre enmascarado y se vistió de mi Alegría y mi Felicidad.

Alejandra Guijo
2º ESO

27 mar 2012

UNO, DOS... ¡Y TRES!


Estaba allí a mi lado. Yo creo que quería fastidiarme. ¿Cómo explicas entonces que llevara allí tanto tiempo, vigilándome? Ya, ya, es una gran actriz, pero a mí no me la da. Lo que quiere es que me vaya con ella. Pero bueno, ¿no hay más personas en el mundo? Pues no, la Muerte se había encariñado conmigo. Como cuando juegas con un gatito y luego te persigue allá donde vas, hasta que te lo quedas. Pues igual. Lo que pasa es que disimula muy bien. Yo allí tirado en mi cama y ella campando a sus anchas por mi habitación. Intenta disimular, para que cuando no la mire... ¡Plas! Me tire por la ventana.

Si no intentara matarme, estoy segura de que seríamos muy buenos amigos. Además juega muy bien al escondite. Sólo la encuentro yo, porque los demás no la ven. Pero no vayan a pensar ustedes que estoy loco.

Todo es culpa de la Vida, me cae fatal. A todo el mundo le pinta cuadros bonitos menos a mí. A mí me pintó al lado de la Muerte. Y nadie me quiere cambiar el sitio. Dice que me he portado mal. Así que cuídate. La pintora puede dar contigo, dispone de una lupa increíble.

Tú nunca tires a nadie desde tu ventana, que aunque creas que nadie lo sabe, la Vida sí. Y te mandará a la Muerte que se meterá en tu cabeza y no saldrá hasta que hagas lo mismo.

De acuerdo, Muerte, tú ganas. Me voy a asomar por la ventana. No sé yo, está muy alto...Bueno a él lo empujé desde aquí. Vale Muerte, dame la mano. Uno, dos... ¡y tres!

Lucía Matilla
2º ESO